¿Quieres saber por qué reciclar es importante?: Javier, Laura y Pablo te lo explican

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Las múltiples vidas de una simple botella

Javier se levantó apresurado. Llegaba tarde al colegio. Era uno de esos días en los que las sábanas se le habían pegado y la mañana, lluviosa y grisácea, no le había sabido desvelar correctamente la hora. Eran casi las 10:00. Así que sin detenerse a mirar su despertador-radio o a escuchar sus emisoras favoritas, como hacía normalmente, Javier saltó de su litera (que no era muy alta) y se apresuró a abrir el armario para vestirse e ir al instituto. Fue entonces cuando reparó en un detalle...

Laura, su hermana pequeña, dormía profundamente. Ella tampoco había ido a la guardería: aquella mañana pasaba algo extraño...

El niño, de once años de edad, fue a mirar el calendario de su equipo de fútbol predilecto en el que un jugador le revelaba el motivo de que su hermana no se hubiera movido de su cama. Era sábado.

-Ja, me has asustado, dijo la pequeña de la familia.

-Laurita, lo siento. Sigue durmiendo, que me he confundido, contestó Javier.

Pero ya era demasiado tarde. Su hermanita pequeña, delgada, con el pelo y los ojos castaños, ya estaba levantada con su peluche favorito, el cerdito rosa, en la mano. Los dos hermanos eran muy parecidos. Se llevaban cuatro años de diferencia, por lo que a veces discutían y se ganaban unas buenas riñas de sus padres. No obstante, eran inseparables.

-Oye Laura, -comentó Javier-, ya que estás despierta... ¿Por qué no vamos a jugar a la pelota a la plaza? La pequeña asintió. Nunca le decía que no a su hermano.

¡No te olvides de la basura!
Después de desayunar un gran vaso de leche, un par de tostadas con mermelada y algo de embutido, lo que más le gustaba a Javier, los pequeños se dispusieron a bajar a la calle.

-Un momento chicos, gritó su padre. ¿Lleváis todo?, añadió.

Ambos se compartieron sendas miradas de confusión. Así que, antes de que el ascensor llegara hasta el piso octavo, los dos hermanos ya tenían varias bolsas de basura en las manos.

-No os olvidéis de que la bolsa de Javier lleva desperdicios orgánicos (comida) que van en el contenedor verde y, la de Laura, tiene restos inorgánicos (plásticos, otros materiales) y van en el gris grande, explicó el padre.

Los pequeños asintieron y se metieron en el ascensor. Una vez que llegaron hasta la calle cruzaron, por el paso de cebra, hasta la acera siguiente para acercarse al contenedor justo en el momento que su vecino Pablo, un chico moreno y bastante alto para su edad, salía de casa.

-Buenos días. Se saludaron los tres.

-Ya que estás ahí... ¿Por qué no nos ayudas a abrir el contenedor?, dijo Javier.

-Por supuesto que sí, contestó Pablo, que era muy atento.

-Pero un momento... Aquí hay una botella de vidrio... ¡Debe ir en el contenedor verde!, señaló el chico. Los dos hermanos se sorprendieron: su padre no les había dicho nada de eso.

Pablo, paciente, les explicó: «¿No os dais cuenta de que el vidrio tiene muchas vidas?».

Los niños no lo sabían. Así que su vecino aprovechó para contarles el proceso del vidrio: «Si tiráis la botella en el contenedor gris, ya no se podrá volver a usar. Por el contrario, si lo hacéis en el verde, la botella se juntará con otros pedazos de vidrio y, una vez limpios, podrán ser otras botellas. U otro objeto del mismo material».

-¿Y el proceso no terminará nunca?, preguntó la curiosa Laura.

-No. Contestó Pablo. Y mucha gente las podrá volver a usar y, después, reciclarlas.

Con esta información, los chicos...

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